¿Qué nos lleva a ser misericordiosos?

Lucía Zamora

Ser misericordioso va más allá del dar solo por lástima, es experimentar el amor de Dios que regala el perdón y el agradecimiento tan solo por ser sus hijos. Confía y nos goza a pesar de las faltas que pudiéramos tener. Es nuestro deber como Cristianos, proclamar su voluntad a aquellos que viven en la ignorancia de su palabra.

El Papa Francisco ha convocado a un año Santo extraordinario, para darnos la oportunidad de encontrarnos nuevamente al amor de Dios; despertar conciencias y así entregar con agradecimiento nuestros pensamientos, acciones y sentimientos, a ese Padre que lucha día con día, por permanecer en el corazón de hombres y mujeres, que sufrimos los espejismos de un mundo distante al sentir humano. Ha regresado a nuestro vocabulario la palabra “Misericordia” la cual ha ido desapareciendo no solo del lenguaje, sino que también se ha ido borrando poco a poco del corazón. Ahora solo podemos ver noticias de muerte en todos los sentidos. Se muere de hambre, de soledad, angustia y tristeza; morimos día a día, tan solo por el hecho de no hacer nada por nadie, ni por nosotros mismos; nos dejamos caer en el abandono, esperando que alguien nos levante así sin más ni más. Dejamos de vivir al juzgar la vida de los demás sin apreciar la nuestra; nos convertimos en asesinos de ilusiones, porque la envidia se apodera de la voluntad de Dios.

Ser misericordioso va más allá del dar solo por lástima, es experimentar el amor de Dios que regala el perdón y el agradecimiento tan solo por ser sus hijos. Confía y nos goza a pesar de las faltas que pudiéramos tener. Es nuestro deber como Cristianos, proclamar su voluntad a aquellos que viven en la ignorancia de su palabra ¿Cuántos crímenes como el aborto se evitarían si nos diéramos el tiempo de hablar de su infinita misericordia? Ni siquiera podemos descubrir hasta dónde puede llegar nuestra voz, porque el mundo grita cada vez más fuerte que la felicidad esta en las cosas y no en las personas. Tristemente ante este ruido elegimos el silencio, la ceguera y por lo tanto la exclusión.

Para poder tocar el amor de Dios, es necesario regresar la mirada a momentos de nuestra vida, donde la fragilidad del corazón ha estado en sus manos. Hace unos días, viendo el tema del “Padre Nuestro” pedí a un grupo de señoras compartiera algún recuerdo de sus papás. Me sorprendió como al escuchar la instrucción les cambio el semblante. Todas hablaron de una manera dulce y tierna de ellos. Ningún relato fue parecido, pero todas expresaban en su mirada, un gran amor y un inmenso agradecimiento hacia esos hombres que las vieron crecer. El padre de una de ellas, aún es duce y cariños; otro a pesar de su edad (más de 80) le siguen gustando los deportes extremos; no podía faltar el papá simpático y ocurrente; el que regañaba y luego se arrepentía con un beso, o aquel que simplemente disfrutaba vernos pasear en bicicleta. Todas recordamos momentos de la niñez; curiosamente hablamos de sus manos, porque las veíamos grandes y fuertes. Seguramente nos veían tan pequeñas e indefensas, que nos sujetaban con fuerza para no perdernos, para evitar alguna caída, para guiarnos o simplemente para disfrutarnos.

Esta experiencia, nos abrió los ojos para poder apreciar todo aquello que Dios nuestro Padre ha puesto por amor en cada uno de nosotros; a reconocer esos actos de injusticia que hemos cometido y que Él con su inmensa misericordia ha perdonado. A recordar la grandeza de su cariño en esas fuertes y sensibles manos, que nos han sujetado desde el momento en que fuimos concebidos. Despertamos y reaccionamos a estos pequeños e interminables gestos de amor, que poco a poco nos fueron transformando en hombres y mujeres de bien. Actos de un Padre amoroso que hemos dejado en el recuerdo. Olvidamos que la herencia es este amor mismo, por el cual estamos llamados a seguirlo, cultivando de la misma manera a aquellos que vienen detrás de nosotros.

Hablar de nuestros papás, fue una muy bonita experiencia, pues así es el “Padre” en el cielo, el que nos sujeta fuertemente para no perdernos, y a la vez, nos libera en una bicicleta para encontrar el equilibrio después de varias caídas. Nos encontramos con un Padre amoroso, ocurrente, justo y valiente, que nos ofrece su amor incondicional en sus fuertes manos llenas de misericordia, para poder entregarla con el corazón encendido a los más necesitados, no por las apariencias ni por lástima, sino por la necesidad que alberga en el espíritu de agradecer.

Ahora nuestros hijos muestran lo que por amor hemos puesto a su alcance. Esas pequeñas gotitas de cariño y generosidad que se escapan del corazón, para formar dentro de ellos un espíritu misionero. Lo hemos hecho poco a poco y sin darnos cuenta, tal como el Padre lo sigue haciendo en cada uno de nosotros.

Esta es la misión… continuar regalando lo que Él ha depositado en cada uno de sus hijos y no dejarlo en el baúl de los recuerdos. Debemos enriquecer los actos misericordiosos, para que no se queden en simples gestos de conveniencia e hipocresía, sino que revelen a los demás, un amor puro que solo viene de Dios. La Iglesia nos ofrece este encuentro con Él, para que la palabra “misericordia” ocupe un lugar importante no solo en el diccionario, también en el corazón del mundo, la cual vencerá verdaderamente la pobreza de la humanidad.